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Caminando por BCN (II)

Salí del Museo del Diseño medio atolondrada. En el mapa, chequeé el recorrido que me llevaría hacia el Parc de la Ciutadella y emprendí viaje.

Claro que antes necesitaba comer. Mi objetivo era simple: algo rico y cuyo precio no supere los 5 euros. Difícil pero no imposible. En una esquina, una serie de mesas vacías cubiertas de dos sombrillas llamaron mi atención. “Frankfurt por 1,60e”, ofrecía el cartel de la entrada.

Una cantinera rubia me atendió. “Tengo tortilla y pan con tomate”. No falla. La tapa más clásica de España. Tortilla de papas y pan untado con aceite de oliva, tomate y con un poco de ajo. Una fiesta de almuerzo.

El sol rajaba y pude notar los primeros signos de cuerpo destemplado.
Mi diablillo vago propuso volver al hostel, pero no. Tenía un objetivo inconcluso y mucha manija.

Por suerte, la manija se fue extinguiendo con el paso de los días dando a paso a algo más parecido a la presencia. Espero que no se malinterprete, y perdón por la metáfora, pero tarde aprendí que es preferible arder lentamente que explotar en un instante.

Un amontonamiento de niños y adultos rodeados de globos y guirnaldas. Una frase colgante de dos palabras y supe que en el Parc de la Ciutadella se festejan cumpleaños. Me llamó la atención. ¿Cómo harán? ¿Pedirán turnos?

A mi lado, un grupo de jóvenes molestaba a un grupo de loritos, extrañamente identificados con una insignia. Mientras tanto, una quinceañera y su corte buscaban un lugar adecuado para sacarse la foto que de todas formas odiará al cumplir los 30.

Levanté la vista y me pareció encontrar lo que buscaba. Unos tres años atrás, había estado en El Born junto a mi madre. En aquella ocasión, habíamos llegado caminando desde el sur, viniendo desde la Barceloneta.

Tal vez por eso, no supe en ese momento que lo que tenía frente a mí era en realidad el Invernadero. Una brillante estructura de hierro y vidrio que, como el Arco de Triunfo, también es herencia de la Exposición Universal de 1888.

Seguí una cuadra más, miré hacia la izquierda y en el fondo de una callejuela, pude ver otra estructura modernista de hierro. Construido en 1876, sobre ruinas de ruinas, el Mercado del Born.

Su arquitectura y diseño son una exhibición de la batería de técnicas y materiales de construcción brindados por la Revolución Industrial.

Un conjunto de letras de vinilo adheridas al vidrio del ingreso formaban la frase “El Born CCM” (Centro Cultural y de Memoria). Adentro, dos guardias de seguridad debatían sobre el procès mientras yo agarraba un folleto explicativo. No pude ni puedo evitar querer tenerlos todos.

Me asomé a la baranda, observé los restos de ruinas que todavía persisten y sentí cómo la batería me acusaba apenas un 5%. Me senté en un banco a descansar. A mi alrededor, niños, jóvenes y familias recorrían los pasillos de este espacio recuperado para la memoria.

Qué importante es la conmemoración cotidiana de acontecimientos históricos que marcaron la identidad de un pueblo, ¿no? Con esa reflexión en mente, me quedé sentada un rato. Estableciendo analogías con mi propio pueblo y su (des) memoria.

Una hora y media después, en el hostel, me sentaba con té y gofre, libreta y birome a escribir este relato.

Podés leer la primera parte de este relato haciendo clic acá.

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Written by

flora

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