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Caminando por BCN (1)

Eran las diez y cuarto cuando salí del hostel, caminando, tal vez demasiado entusiasmada. Con el mate a cuestas, además del mapa y la mochila llena de cosas innecesarias.

¡Wrong! Sin ánimos de marikondear el asunto, quien decida viajar largo, deberá aprender a dejar lo que pesa en el camino, no sólo para circular con mayor liviandad, sino para poder disfrutar más de la experiencia.

Manija mediante, en esta ocasión el peso no impidió que 7 horas y 15723 pasos después, terminara un recorrido mucho más extenso de lo que me había propuesto.

Caminé guiada por un sol radiante sobre la Gran Vía de les Corts Catalanes hasta el hiperconcurrido Passeig de Gracia. Por entusiasmo y por error, me pase como 10 cuadras, que desgraciadamente en Barcelona miden los reglamentarios 100 metros.

Con la idea de retomar el camino que me había trazado inicialmente, tomé la Ronda Sant Pere. Lo que no sabía era que me llevaría derechito y casi sin darme cuenta hasta el Arco de Triunfo barcelonés.

Llegué al Arco como se llega a lugares anhelados de la forma menos pensada. No sabría decir si fue la forma en la que la luz del sol caía sobre la escena, la larga caminata -literal y simbólica- o la Historia sumida en el paisaje, pero algo se movió en mi interior al tiempo que empezaba a sentir un escozor en los ojos.

A diferencia del triunfo bélico que connotan los arcos franceses, el Arc de Triomf de Barcelona tiene más que ver con el progreso científico y cultural. O al menos con ese fin fue construido en ocasión de la Exposición Universal de 1888, como una forma de exhibir del auge modernista de la época.

La mañana era lisa y llanamente ideal. Saqué un par de fotos de personas que sacaban un par de fotos y seguí camino hacia Poblenou, un barrio en auge donde es posible encontrar maravillas tales como el Mercat dels Encants, centro de intercambio y circulación de antigüedades por excelencia. También ahí , según las buenas lenguas locales, están ubicadas las playas más lindas y menos concurridas.

Tomé el Carrer de Ribes, pasé por el Mercat de Fort Pienc donde por una especie de costumbre que tengo, me detuve a mirar la cartelera, con la ilusión de encontrar una actividad interesante a la que jurarme asistir. Juramento que luego rompería por alguna razón de lo más mundana, como quedarme a tomar mates con gofres en el hostel.

Seguí medio perdida, como en la vida misma, con la única certeza de que a algún lado llegaría. Deambulando, me encontré en el predio del Teatro Nacional de Catalunya. A lo lejos divisé la inconfundible Torre Agbar, actualmente llamada Torre Gloriés. Si no les suena, es el edificio fálico que identifica la plaza de las Glorias Catalanas. No pude evitar el boludeo porque ¿qué más da?

En eso estaba cuando se me acercó el guardia de seguridad del teatro para preguntarme si tenía billete para el teatro o si necesitaba alguna guía. Le expliqué lo que buscaba y voilá, me señaló la dirección.

Resulta ser que el primer domingo de cada mes, la entrada es gratuita en varios museos barceloneses. Particularmente a mí me interesaban el Hub o Museo del Diseño, y El Born, una zona de ruinas, devenida mercado a su vez devenido centro cultural y de memoria.

Me dí vuelta y ahí estaba. El yunque. Un estructura de colores cobrizos, imponente, nada orgánica, inconfundiblemente contemporánea. Todo lo que una podría esperar de un museo del diseño. El Museu del Disseny de Barcelona, como figura en su web.

Se inauguraba en esos días la muestra permanente sobre Comunicación Visual, y una temporal llamada El Boom de la Publicidad, que trataba sobre el auge publicitario de fines del siglo XIX hasta comienzos del XX.

La larga fila que se apostaba a un costado de la puerta indicaba dos cosas: que esa era la entrada a la muestra temporal, y que había generado expectativas en la comunidad.

Me ubiqué detrás de la última señora. A mi alrededor sonaban conversaciones varias en catalán con algunas palabras en español introducidas vaya a saber por qué ribete comunicacional. Estaba tan absorta que no advertí la existencia de una segunda fila frente a mostrador contiguo, donde entregaban pegatinas tipo escarapela que oficiaban de pase para poder ingresar.

Tampoco lo supe hasta después de salir de la sala. Si por esas casualidades de la vida, algún día ese guardia llegara a leer esto, sepa que le estaré eternamente agradecida.

No sabría decir si es una fibra o qué, pero algo me gusta bastante de los catalanes. No toleran las preguntas boludas, ni reiterativas y te lo hacen saber. A lo bruto, en la mayoría de los casos. Pero aún así, existe a priori una amabilidad innata que cualquier viajere agradece.

O cómo usar Google.

Por indicación de mi volante, subí al cuarto piso. “¿Diseñás o trabajás?”, cuestionaba un cartel en catalán. La muestra trataba sobre la evolución de la Comunicación Visual en los últimos dos decenios.

Anduve un rato asombrada. Hay algo de las piezas elegidas para la muestra que me atrae especialmente. Quizás sea el drama representado en los colores que eligieron sus creadores, o incluso cierta inclemencia con el observador. Nada de pasteles y figuras infantilizadas (la tendencia actual).

En medio del divague, una fuerte punzada en la panza me recordó que habían pasado muchas horas desde el desayuno, así que partí.

El largo camino que me llevaría hacia el Parc de la Ciutadella será tema para el próximo relato.

De los 35 grados en Misiones a los 12 grados en Barcelona sin escala.
Acá pueden verme en plena adaptación climática. ⤵

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Written by

flora

2 thoughts on “Caminando por BCN (1)

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